martes, 29 de noviembre de 2016

24 segundos...

En 24 segundos probablemente se puedan hacer infinidad de cosas, no lo sé, como tal vez escribir estas líneas o correr cierta cantidad de metros para poder llegar a algún destino. En 24 segundos probablemente te tarde en subir las escaleras o lo que dure un comercial de tv. Pero no, hoy no es el caso.

Hoy se abre paso a un cierto hecho que ocurrió desde el instante en que esas miradas se cruzaron, pudieron ser más segundos desde que él se percató de la presencia de esta persona pero no, fueron 24 segundos en los que,con el dolor en el corazón, él atino a seguir de frente. No se inmutó en saludarla si quiera. Solo notó la presencia de esta joven que le enseñó que es tener los sentimientos heridos como también los sentimientos a mil por hora.

La tarde era soleada e intensa, un sol agobiante de esos que provoca tomarse alguna bebida refrescante para calmar ese calor corporal. Él moría de calor, se sentía mal (y no precisamente por ella) por una migraña que arrastraba de ya hace 4 meses atrás. Él estaba cerca de su destino (repito, y no precisamente ella), es decir, su trabajo. El semáforo daba en verde y faltaban cerca de 15 segundos para que cambiase al color el cuál permite al peatón cruzar, rojo pues.
En esos 15 segundos donde se puede hacer muchas cosas, él optó por mirar fijamente hacia adelante y vio a una chica a la cual se le era familiar, una conocida que es amiga de la joven de la que comenté hace un rato. En esos 15 efímeros segundos captó algo más, al costado de ella iba alguien a quien, borrosamente,tardó en reconocer. Era ella , la joven de la que quien va dedicado estos 24 segundos.

Por la cabeza se pasaron muchas cosas, difíciles de recordarlas o quizá no las quiera mencionar. Pero lo que es cierto es que la observó de tal manera que esos segundos tan cortos se hicieron eternos, la camarita mental que uno lleva la fotografiaba miles de veces para no olvidarse de su rostro o de sus gestos que la joven hacía. Sonreía, estaba de perfil, distraída y con esos ojos que él sabía que brillaban como siempre, llevaba una polera celeste (la que a él también se le hacía familiar), buzo negro y aunque no recuerda el color de su calzado, hubiese sido bueno pues sería un detalle importante para recordar la silueta.

El semáforo cambió a rojo y los autos se detuvieron, se detuvieron como él al observarla, como si el mundo se paraliza de tal forma que solo existen él y ella. Así pasó, y la vida debía continuar, nada se detuvo en sí, todo sigue su curso, fue ahí que tuvieron que darse los 9 segundos restantes. Todo continua, como los pasos que ella, con la amiga, daban para seguir su camino. Y él también atino por seguir adelante mientras que en su cabeza ya rondaba la pregunta si es que debía acercarse a ella o seguir de frente sin causar molestias. La migraña por un momento desapareció, se hizo invisible, por cierto.

Nunca la saludó, él nunca supo si ella se dio cuenta de su presencia y aunque sospecha que sí, él quedara satisfecho porque en el momento menos pensado la volvió a cruzar, un poco tarde pero la volvió a ver. Ya no con los mismos ojos, ni con la misma intensidad que tenía hace ya unos 3 meses atrás, él solo la vio con un cariño y respeto de siempre, guardo las distancias, guardo lo emocional.

Con el pasar de las horas, él se cuestiona si debió o no retroceder y acercarse a ella solo para saber como estaba, pero no se dio, el no dio media vuelta y ella tampoco. Pareciera de esas escenas de películas estadounidenses pero no, fue real. Fue acá nomas, en una de estas calles. Así pasó, él la vio y se cumplió lo que ella le dijo en la última llamada que tuvieron: "no te preocupes, sí nos volveremos a ver antes de que acabe el año".

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